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Dr. Ahmed Abouseif
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Serie · Episodio 2
Conceptos de la Fe
Conceptos de la Fe

El mīthāq en el Corán

un pacto con la fuerza de una atadura

Dr. Ahmed Abouseif20 de junio de 20268 min de lectura

Al pie del monte Ṭūr, los hijos de Israel se hallan bajo una montaña alzada sobre sus cabezas como un dosel —una roca inmensa suspendida en el aire, sin que la separe de sus cabezas más que la orden de Dios de que permanezca colgada. En ese instante, con la montaña erguida sobre ellos como un techo a punto de caer, se les toma el pacto: «Y cuando tomamos vuestro pacto (mīthāq) y alzamos sobre vosotros el monte» [al-Baqara: 63]. No es este un pacto firmado con pluma, ni una promesa pronunciada solo con la lengua, sino un compromiso tomado bajo un peso tangible —como si la montaña misma fuera un testigo material que sujeta el pacto a la tierra con firmeza.

Este peso, este tensar, es precisamente lo que porta la palabra que el Corán eligió para este pacto: *al-mīthāq*, de una raíz que no denota en origen el habla ni la promesa, sino la atadura y la fijación física y tangible —la cuerda que se tensa, el grillete que se aprieta. Cuando el Corán quiere describir un pacto que no admite ruptura, no le toma prestada una palabra del campo del habla, sino del campo de las cuerdas y los lazos.

Delimitación de la palabra y el recuento

La raíz «w-th-q» aparece en el Corán treinta y cuatro veces, en seis formas: una vez como verbo «wāthaqa» [al-Māʾida: 7]; una vez como verbo «yūthiqu» en el contexto del castigo del más allá [al-Faŷr: 26]; tres veces como el nombre «mawthiq» en la historia de José [Yūsuf: 66, 80]; veinticinco veces como el nombre «mīthāq» —el más preponderante de todas las apariciones de la raíz—; dos veces como el nombre «wathāq», con el sentido de grillete tangible [Muḥammad: 4, al-Faŷr: 26]; y dos veces como el adjetivo «al-wuthqā», con el sentido de lo más firme y fuertemente asegurado [al-Baqara: 256, Luqmān: 22][2].

Esta distribución es notable en sí misma: veinticinco de treinta y cuatro —más de dos tercios de las apariciones de la raíz— se vuelcan hacia el sentido abstracto del «pacto ratificado», mientras que las formas restantes conservan su sentido directo y tangible: el grillete, la atadura, el asidero. Esto significa que cuando el Corán usó «al-mīthāq» no invocaba una palabra puramente abstracta, sino que traía a la mente con ella —por tenue que fuera— la imagen de la cuerda tensa.

La raíz lingüística: de la cuerda al pacto

En la raíz de la lengua, «wathaqa» denota fijación y tensado: *awthaqtu al-shayʾ* —«até la cosa»— cuando la sujeté con una atadura firme que no se desata; y *al-wathāq* es el grillete o la cuerda con que se ata al cautivo o a la bestia. De ahí «al-wuthqā», el superlativo de la atadura más firmemente asegurada, como en «el asidero más firme» (al-ʿurwa al-wuthqā) —el asidero que no se resquebraja, metáfora coránica de la certeza que no vacila: «entonces se ha aferrado al asidero más firme, que no se rompe» [al-Baqara: 256].

Así, cuando la raíz pasó de su sentido tangible (tensar la cuerda) a su sentido abstracto (ratificar el pacto), no perdió su carga original, sino que la llevó consigo: el pacto ratificado es el que ha sido asegurado como se asegura una cuerda, no aquel en que bastó el mero decir. Esto distingue «mīthāq» de «ʿahd» —la palabra más general para la promesa y el compromiso en el Corán— con una fina distinción que se hace patente cuando ambas palabras se encuentran en una sola aleya, como vendrá.

La estructura central: el ʿahd es el contenido, y el mīthāq su atadura

El Corán reúne «ʿahd» y «mīthāq» en más de un lugar de un modo que revela la relación entre ambos: «los que rompen el pacto de Dios (ʿahd Allāh) tras su ratificación (mīthāq)» [al-Baqara: 27, así también al-Raʿd: 20–25]. El ʿahd aquí es el compromiso mismo —su sustancia y contenido—, mientras que su «mīthāq» es lo que asegura este compromiso y lo ata a su portador: el acto de ratificación que hace de la ruptura del pacto un cortar de una atadura, no de una palabra pasajera. El ʿahd es lo que se dice; el mīthāq es lo que se asegura.

Esta diferencia explica también por qué un verbo en particular se repite con «mīthāq» más que ningún otro: «akhadha» (tomar). El Corán dice «tomamos vuestro mīthāq», no «os dimos un mīthāq», ni «os prometimos» —pues Dios es quien toma, y el siervo es aquel de quien se toma el pacto y sobre quien se asegura. Este verbo «akhadha» se repite con los hijos de Israel [al-Baqara: 63, 83, 84, 93, al-Māʾida: 12], con los profetas [Āl ʿImrān: 81, al-Aḥzāb: 7] y con los cristianos [al-Māʾida: 14] —en cada ocasión la iniciativa es de Dios sola, y el siervo es la parte cuyo pacto se asegura, no quien lo otorga.

Un modelo notable: el pacto solemne (mīthāqan ghalīẓan) en dos lugares distantes

Entre lo más extraño que revela el rastreo de la palabra está que la descripción «un pacto solemne» (mīthāqan ghalīẓan) —es decir, un pacto de extrema firmeza y peso— no aparece en el Corán sino en dos lugares, uno en apariencia sumamente distante del otro: una vez en el pacto que Dios tomó de los profetas [al-Aḥzāb: 7: «Y tomamos de ellos un pacto solemne»], y otra en el contrato matrimonial entre los cónyuges [al-Nisāʾ: 21: «Y ellas han tomado de vosotros un pacto solemne»]. El Corán describe el vínculo conyugal con el mismísimo peso y firmeza con que describe el pacto de la profecía, equiparando el mayor pacto religioso con el más cercano y cotidiano pacto humano. Esta cercanía no es una coincidencia lingüística, sino una señal de que el matrimonio, en la balanza del Corán, no es un contrato administrativo disoluble a la ligera, sino un pacto que porta de la seriedad y la santidad lo que porta el pacto de los profetas mismos.

Otro modelo: el compromiso (mawthiq) de Jacob con su hijo

La raíz porta otra forma además de «mīthāq» —a saber, «mawthiq»— que no aparece sino tres veces en todo el Corán, todas en la historia de José. Cuando los hermanos de José piden a su padre que envíe con ellos a su hermano menor, Jacob se niega hasta tomar de ellos un compromiso firme: «Dijo: No lo enviaré jamás con vosotros hasta que me deis un compromiso (mawthiq) por Dios de que me lo traeréis de vuelta» [Yūsuf: 66]. Esta es una escena familiar íntima, lejos del monte Ṭūr y del temor de los hijos de Israel, y sin embargo invoca la mismísima palabra de la raíz única: incluso en la relación entre un padre y sus hijos, cuando la inquietud llega a su extremo, no basta una promesa pasajera, sino que ha de haber «un compromiso por Dios» con que se asegure la petición. Y cuando los hijos cumplen este compromiso y luego son puestos a prueba en él [Yūsuf: 80], se hace claro que la palabra porta siempre consigo un compromiso del que se rinde cuenta, no un habla que se olvida al concluir la ocasión.

En el polo exactamente opuesto, el Corán usa la misma raíz para describir una atadura en la que no hay elección ni pacto, sino castigo: «y nadie ata como Él ata (wathāqahu)» [al-Faŷr: 26], al describir el tormento de quien transgredió y tiranizó el Día de la Resurrección. Aquí quedan al descubierto los dos polos opuestos de la raíz única: una atadura contraída voluntariamente entre dos partes que consienten, convirtiéndose en un pacto noble que se guarda; y una atadura impuesta por la fuerza sobre quien rechazó el primer pacto, convirtiéndose en un grillete de condena. La mismísima cuerda, pues, o bien se tensa con el consentimiento del corazón —siendo un vínculo de confianza—, o bien se tensa contra la voluntad de su portador —siendo un grillete de inculpación.

Una advertencia metodológica: el primer pacto no se nombra en el Corán con este nombre

Es común en el discurso de la daʿwah describir la escena que el Corán menciona en «Y cuando tu Señor tomó de los hijos de Adán, de sus lomos, a su descendencia y los hizo testificar sobre sí mismos: ¿Acaso no soy vuestro Señor? Dijeron: Sí» [al-Aʿrāf: 172] como «el pacto primordial» o «el pacto de la fiṭrah». Pero verificar el lugar de la aleya muestra que el Corán mismo no usa en ella la palabra «mīthāq» en absoluto —ni en esta aleya ni en ningún otro lugar de la sura al-Aʿrāf que describa esta misma escena. El nombre común tiene su origen en la Sunna profética, no en el texto de la aleya: Ibn ʿAbbās narró del Profeta ﷺ que dijo: «Dios tomó el pacto (mīthāq) del lomo de Adán en Naʿmān el día de ʿArafa, y sacó de sus lomos a toda descendencia que creó y los esparció ante Él…»[1] —un hadiz autenticado por más de uno de la gente del saber. Es la Sunna, pues, la que aplicó a esta escena el nombre «mīthāq», tomando prestada una palabra coránica auténtica usada en otros lugares, y no que la aleya misma porte este nombre. Esta es una fina distinción metodológica digna de notarse: una fuerte conexión temática enlaza ambas escenas, pero no es un testimonio verbal directo del texto de la aleya [al-Aʿrāf: 172] misma.

El testimonio profético

El hadiz precedente de Ibn ʿAbbās, además de su indicación sobre el nombre de la escena de los átomos (dharr), porta otra significación que sirve a la estructura central del artículo: la expresión «sacó de sus lomos a toda descendencia que creó y los esparció ante Él» retrata el pacto como un acto físico y tangible —un sacar, un esparcir, un dirigirse cara a cara— no un mero decreto divino abstracto. Esto concuerda con lo extraído de la raíz lingüística misma: que el mīthāq, aun en sus más profundas manifestaciones ocultas, se retrata con el lenguaje del cuerpo y lo tangible, no con el lenguaje de la pura abstracción.

Una lectura orientada a los fines (maqāṣidī)

De las veinticinco apariciones de «mīthāq» puede concluirse que el Corán lo usa especialmente en los contextos en que se teme la ruptura: el pacto de los hijos de Israel que de hecho rompieron («Por su ruptura de su mīthāq», [al-Nisāʾ: 155, al-Māʾida: 13]), el pacto de los cristianos («Y de los que dicen: "Somos cristianos", tomamos su mīthāq», [al-Māʾida: 14]), y el pacto del matrimonio que puede deshacerse por el divorcio. Es como si la elección de esta palabra en particular —con su peso de cuerda y su indicación de firme fijación— fuera una advertencia implícita que acompaña cada lugar en que aparece: estás ante una atadura, no una palabra pasajera, y romperla no es solo faltar a una promesa, sino cortar un asidero que se suponía que nunca debía resquebrajarse.

Esta lectura se encuentra con otra observación relativa a la distribución de la palabra entre las partes interpeladas: el mīthāq en el Corán no se toma sino de quien se presume capaz de cumplir y comprender —los hijos de Israel, los cristianos, los profetas, los cónyuges— y nunca se usa para un pacto impuesto sobre quien no tiene voluntad. Incluso en la escena de los átomos que la Sunna nombró «mīthāq», la respuesta vino en forma de reconocimiento libre: «Dijeron: Sí», no por coacción. Esto significa que el peso de la palabra —pese a su préstamo del campo del grillete y la atadura— no contradice la elección, sino que se apoya en ella: el mīthāq no se asegura sino sobre quien primero eligió que se asegurara sobre él, por su reconocimiento o su consentimiento.

La dimensión aplicada contemporánea

En una época en que abundan las promesas veloces —compromisos que se cierran en un mensaje, acuerdos que se sellan con un clic, contratos de los que es fácil retirarse por una pequeña cláusula al margen—, la palabra «mīthāq» recuerda que hay compromisos que deben tratarse con el peso de la montaña alzada sobre los hijos de Israel, no con la ligereza de la palabra pasajera. El matrimonio, que el Corán describió como un pacto solemne, es un ejemplo vivo: una decisión que a veces se toma con la rapidez de una palabra que se dice, mientras que en la balanza del texto coránico merece una fijación equivalente al mayor de los pactos. Y los pactos profesionales y sociales asimismo: quien concluye un acuerdo con un socio, un empleado o un vecino, hará bien en traer a la mente que la palabra, cuando se da, debe asegurarse en el corazón como se asegura la cuerda, no quedar colgada con la ligereza del aire.

La escena de Jacob con sus hijos añade otra dimensión práctica: que pedir documentación no es señal de mala opinión, sino una sabiduría legítima cuando el asunto es grave. Jacob, pese a su conocimiento de la sinceridad aparente de las intenciones de sus hijos, no se contentó con su mera promesa tras haber experimentado de ellos lo que experimentó en la primera historia de José, sino que pidió un compromiso en el que se pone a Dios por testigo. Este es un modelo apto hoy para todo el que vacila entre la confianza ciega y la duda absoluta: el corazón puede permanecer confiado hacia su familia y sus seres queridos, y al mismo tiempo pedir para sus grandes compromisos una forma que se testifique y se documente —sin que ello sea una merma de la buena opinión.

Conclusión

El Corán elige, para los mayores pactos que menciona —el pacto de los hijos de Israel bajo el Ṭūr, el pacto de los profetas y el pacto del matrimonio—, una palabra cuya raíz no conoce la abstracción: una cuerda que se tensa, un grillete que se asegura, un asidero que no se resquebraja. Y cuando reúne «ʿahd» y su «mīthāq» en una sola aleya, recuerda que todo compromiso real necesita dos partes: una palabra que se dice, y una atadura que se asegura en el corazón antes que en la lengua. Y Dios, el Altísimo, es quien mejor sabe; Él es el Protector del éxito.


Notas

  1. Narrado por el imán Aḥmad en su Musnad (2455), al-Nasāʾī en al-Sunan al-Kubrā (11191) y al-Ḥākim en al-Mustadrak (75), por vía de ʿAbd Allāh ibn ʿAbbās (que Dios esté complacido con ambos); Ibn Kathīr dijo que su cadena es buena y fuerte, conforme a las condiciones de Muslim, y al-Albānī lo autenticó. También se ha narrado por algunas vías como dicho de Ibn ʿAbbās (mawqūf), lo cual es digno de notarse, sin menoscabo de la fuerza global del hadiz según quienes lo autenticaron como elevado al Profeta (marfūʿ).
  2. Todas las cifras de las apariciones de la raíz «w-th-q» y sus seis formas están tomadas del corpus lingüístico coránico (corpus.quran.com).
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