A
Dr. Ahmed Abouseif
Imams Academy
Tamaño
Volver a los artículos
Serie · Episodio 1
Destellos de la Luz Profética
Destellos de la Luz Profética

Los reformadores no cesan de intentarlo

La jurisprudencia de la constancia y la perseverancia en el camino de la reforma

Dr. Ahmed AbouseifJunio de 202614 min de lectura
Los reformadores no cesan de intentarlo

Por el Dr. Ahmed Mohamed Ali Abouseif, presidente de la American Imams Academy (Academia Americana de Imames).

Las grandes llamadas nacen del vientre de la fatiga, y los mensajes reformadores se alzan sobre los hombros de hombres que no conocen camino alguno hacia la desesperación. La reforma, en su verdad, no es un grito pasajero, ni un sermón conmovedor, ni una postura entusiasta que arde por una hora y luego se apaga; es más bien una siembra prolongada, un esfuerzo continuo, un intento al que sigue otro intento, hasta que Dios permita que brote lo que Él quiera, que dé fruto cuando Él quiera, y que alcance su plenitud como Él quiera.

Quien crea que la reforma es un trato urgente que se cierra en una reunión, o una palabra que se pronuncia y con ella el mundo entero se transforma a su alrededor, ha ignorado la naturaleza del camino y las leyes de Dios en las almas y las sociedades. Pues los corazones no se rinden todos al primer llamado, ni las mentes se transforman todas ante el primer enunciado, ni los entornos cambian con una palabra por sincera que sea, ni con una exhortación por elocuente que llegue. Es, más bien, un movimiento prolongado en el que se acumulan las semillas y se suceden las estaciones; a veces el sembrador ve el fruto de su siembra, y a veces no lo ve, y a veces lo cosecha quien viene después de él, mientras Dios le escribe la recompensa del primer plantador.

El verdadero reformador no se mide solo por el resultado, sino por la capacidad, la transmisión y la fidelidad. Si entrega lo que puede, hace lo mejor que es capaz de hacer, y establece su argumento con sabiduría, misericordia y paciencia, entonces ha cumplido con lo que le correspondía, y la guía queda en manos de Dios, que dispone los corazones como Él quiere. En esto solo hay un descanso inmenso para el corazón del reformador: saber que su deber es sembrar, no poseer la cosecha; intentar, no controlar los resultados; llamar a la puerta sin saber cuándo Dios la abrirá.

Es una gran comprensión dentro de la comprensión de la reforma: que continúes sabiendo que el fruto no está en tu mano, que esperes mientras ves el rechazo, que siembres mientras no ves la lluvia, y que permanezcas en la frontera no porque la gente te haya hecho justicia, sino porque Dios te ha establecido en ella.

Primero: la reforma entre la función de la transmisión y lo oculto de la guía

De lo que más sosiega el corazón del reformador es distinguir entre aquello a lo que está obligado y aquello a lo que no lo está. Está obligado a la transmisión, mas no a forjar la guía en los corazones de la gente. Está obligado a establecer el enunciado, mas no a garantizar la respuesta. Está obligado a llamar a Dios con clarividencia, mas no a abrir con su mano las cerraduras de los corazones.

Dijo Dios, Altísimo, a Su Profeta (la paz y las bendiciones sean con él):

«A ti solo te incumbe la transmisión.» [al-Raʿd: 40]

Y dijo, glorificado sea:

«No te incumbe a ti su guía, sino que Dios guía a quien Él quiere.» [al-Baqara: 272]

Y dijo, exaltada sea Su majestad:

«En verdad, tú no guías a quien amas, sino que Dios guía a quien Él quiere.» [al-Qaṣaṣ: 56]

Estos versículos no eximen al reformador del deber del esfuerzo, pero sí le quitan la ilusión de controlar los resultados. De ahí que la confusión entre la transmisión y la guía haya sido una de las mayores fuentes de agotamiento psíquico en los predicadores y los educadores; pues uno de ellos se carga a sí mismo lo que Dios no le pidió, y se entristece porque la gente no respondió como él quería, y se quiebra porque no vio el fruto en el momento que él calculó, y olvida que Dios no lo hizo dueño de los corazones, sino que lo hizo testigo, albriciador, amonestador, llamador a Dios con Su permiso, y lámpara luminosa.

El reformador, si esta verdad se asienta en su corazón, avanza ligero: trabaja con diligencia, perfecciona el medio, mejora el discurso, es benevolente con la gente, y luego devuelve el asunto a Dios. Así no se relaja con el pretexto de que la guía está en manos de Dios, ni se consume por dentro creyendo que la guía está en su propia mano. Y entre la dejadez y la consunción se halla la posición del reformador divino: entrega plena y sumisión plena.

Segundo: de la luz de la profecía: trece años llamando a las puertas

He aquí al Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones sean con él) permaneciendo en La Meca trece años llamando a Dios, paciente ante la negación, soportando el daño, recorriendo las tribus en sus temporadas, presentándose a la gente, llamando al cercano y al lejano, al libre y al esclavo, al noble y al débil; no lo detiene la escasez de quienes responden, ni lo hace retroceder el cierre de las puertas, ni lo seduce la desesperación a retirarse del campo de la llamada.

Veía la obstinación en los rostros, la burla en las lenguas, el daño en los caminos, el asedio en la realidad, y, pese a ello, seguía adelante; porque la función del profeta no es cosechar todo fruto en su tiempo, sino transmitir el mensaje de su Señor del modo que Dios ama y aprueba.

En esto hay una gran enseñanza para los reformadores: que la escasez del fruto no significa la corrupción de la semilla, que la longitud del camino no indica el error de la dirección, y que el rechazo no anula el valor de la transmisión. Pues la apertura puede demorarse no porque la llamada sea débil, sino porque Dios educa al predicador y al destinatario, forja para el mensaje a sus hombres, y prepara para el fruto su estación.

Tercero: al-Ṭāʾif: la esperanza cuando la venganza es posible

El intento profético alcanzó su cúspide en al-Ṭāʾif, cuando el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones sean con él) salió en busca de un valedor para la llamada, después de que se intensificara sobre él el daño de su pueblo. Pero no halló de sus gentes sino la respuesta más dura; azuzaron contra él a sus necios y a sus muchachos, que lo apedrearon hasta hacer sangrar sus nobles pies.

En aquel instante, cuando el daño había alcanzado su extremo, vino a él el ángel de las montañas pidiéndole permiso para hacer caer sobre ellos los dos montes. La venganza era posible, el castigo estaba ofrecido, y la herida estaba presente, pero el corazón del más grande reformador era más amplio que el instante del dolor, y su mirada más penetrante que los límites del presente, y dijo su palabra eterna: «Más bien, espero que Dios haga salir de sus lomos a quien adore a Dios solo, sin asociarle nada» (Acordado, del hadiz de ʿĀʾisha, que Dios esté complacido con ella).

¡Qué grandiosa palabra! Miró (la paz y las bendiciones sean con él) más allá de los que rechazaban, hacia los descendientes; más allá del daño, hacia el futuro; más allá del instante hiriente, hacia la promesa de Dios en las generaciones. No veía a la gente solo por lo que era, sino por aquello en lo que Dios podía hacerla devenir. Y esta es una posición elevada entre las posiciones de la reforma: que no encierres a la gente en la imagen del instante de su rechazo, ni los juzgues por la dureza de su postura, pues acaso en sus lomos haya quien porte la luz, y acaso en su descendencia haya quien sea soldado de la verdad.

En verdad, al-Ṭāʾif enseña al reformador que la misericordia no es debilidad, que la esperanza no es ingenuidad, y que el portador del mensaje no debe hacer de su herida personal un criterio para juzgar el futuro de la gente. Pues quien te dañó hoy puede ser causa de la guía de su hijo mañana, y de la casa del que rechaza puede salir una descendencia recta, y Dios puede hacer del linaje de los negadores siervos monoteístas.

Cuarto: Noé (la paz sea con él): el criterio no es el número de quienes responden, sino la perseverancia en el llamado

En la procesión de los profetas se yergue Noé (la paz sea con él) como gran testigo de la largueza de aliento en la llamada. Dijo Dios, Altísimo:

«Y permaneció entre ellos mil años menos cincuenta.» [al-ʿAnkabūt: 14]

Y dijo, en su lengua:

«Señor, en verdad he llamado a mi pueblo de noche y de día.» [Nūḥ: 5]

Luego dijo:

«Después los llamé abiertamente; luego les hablé en público y les hablé en secreto.» [Nūḥ: 8-9]

Esto no es la mera historia de un profeta cuyo tiempo de llamada se prolongó, sino una escuela entera en la diversificación de los medios y la continuidad del intento. Pues llamó de noche y de día, en secreto y abiertamente, en público y en privado, y no hizo de su rechazo un pretexto para abandonar el llamado, ni de la escasez de quienes respondían una razón para cerrar la puerta de la transmisión.

De aquí aprende el reformador que el criterio del éxito en la lógica de los mensajes no es siempre el número de quienes respondieron en su vida, sino la medida de su propia firmeza en la verdad, su excelencia en la transmisión, y su paciencia en el camino. Pues el reformador puede ser grande ante Dios aunque sus seguidores sean pocos, y puede ser exitoso en la balanza del cielo aunque la tierra no lo aplauda.

Quinto: Jonás (la paz sea con él): el peligro de abandonar la frontera antes del permiso

Si la historia de Noé enseña al reformador la largueza de aliento, y la historia de al-Ṭāʾif le enseña la esperanza en la gente pese a la intensidad de su daño, la historia de Jonás (la paz sea con él) añade otra lección de suma precisión: que el reformador no es solo probado en su capacidad de soportar el rechazo de la gente, sino que es probado también en no abandonar su posición antes de que Dios se lo permita.

Dijo el Altísimo:

«Y a Dhū-l-Nūn, cuando se marchó airado y creyó que no le pondríamos en aprieto; y clamó en las tinieblas: "No hay más dios que Tú; ¡gloria a Ti! En verdad he sido de los injustos".» [al-Anbiyāʾ: 87]

En esto no hay menoscabo de la dignidad de un noble profeta, sino una enseñanza divina para los reformadores: que la llamada no se gobierna por la emoción del instante, y que no es lícito que la estrechez del pecho ante el rechazo de la gente sea causa para abandonar la frontera antes de completar la transmisión y obtener el permiso. Por ello vino la orientación divina al Profeta (la paz y las bendiciones sean con él):

«Ten, pues, paciencia con el juicio de tu Señor, y no seas como el compañero del pez.» [al-Qalam: 48]

En la historia de Jonás (la paz sea con él) hay un significado sutil: el reformador puede estar cerca del instante de la transformación sin saberlo. Puede creer que el pueblo se ha acabado, mientras en el saber de Dios su puerta no se ha cerrado. Puede estar a punto de marcharse en el instante mismo en que la apertura se ha aproximado.

Dijo el Altísimo acerca del pueblo de Jonás:

«¿Por qué, entonces, no hubo ninguna ciudad que creyera y a la que su fe le aprovechara, salvo el pueblo de Jonás? Cuando creyeron, apartamos de ellos el castigo de la ignominia en la vida de este mundo y los dejamos gozar por un tiempo.» [Yūnus: 98]

¡Cuántos pueblos ve el reformador lejanos cuando ante Dios están cercanos! ¡Cuántos corazones parecen duros cuando se ha aproximado la hora de su quebranto! ¡Y cuántas puertas se creen cerradas cuando tras ellas queda un instante de apertura cuyo momento aún no ha llegado!

Y de las sutilezas de la historia es que la salvación vino por la puerta de la glorificación, el reconocimiento y la indigencia:

«Y de no haber sido de los que glorifican, habría permanecido en su vientre hasta el día en que sean resucitados.» [al-Ṣāffāt: 143-144]

La glorificación es provisión del reformador si el camino se le estrecha, el reconocimiento de la propia impotencia es la puerta del regreso, y la indigencia ante Dios es la salida de las tinieblas del alma y de la realidad. Por ello el clamor de Jonás (la paz sea con él) en las tinieblas permaneció como escuela para todo portador de mensaje cuando el intento lo agota: «No hay más dios que Tú; ¡gloria a Ti! En verdad he sido de los injustos» [al-Anbiyāʾ: 87].

Sexto: la multiplicidad de los frentes del intento en la guía profética

La continuidad del Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) en la llamada no se ciñó a un solo frente. Renovaba los medios, se dirigía a las distintas categorías, y abría a la esperanza múltiples puertas. Llamó a Quraysh, se presentó a las tribus, se trasladó a al-Ṭāʾif, educó a sus compañeros en la casa de al-Arqam, luego edificó la sociedad en Medina, concertó los pactos, hermanó a los emigrados y a los auxiliares, gestionó su relación con los discrepantes, trató las almas dentro de la sociedad musulmana, atendió la debilidad de los recién llegados al islam, y educó a su familia y a sus compañeros con suavidad y sabiduría.

En esto hay una gran comprensión: el reformador no se encierra en un solo medio, ni hace del fracaso de una puerta una prueba del cierre de todo el camino. Si el sermón por sí solo no funciona, ahí está la enseñanza. Si la enseñanza no basta, ahí está la compañía. Si la compañía se debilita, ahí está el ejemplo. Si los mayores se resisten, ahí están los jóvenes. Y si la mezquita se estrecha, ahí están el hogar, la escuela, el consejo, la visita y la palabra privada. El reformador no cesa de intentarlo, pero tampoco repite el mismo medio sin clarividencia; más bien renueva, diversifica, atiende a las circunstancias, y se mueve allí donde le sea posible sembrar.

De ahí que la llamada profética fuera un edificio de múltiples puertas: transmisión, enseñanza, purificación, paciencia, hermandad, política legítima, misericordia familiar, conciliación de los corazones, establecimiento de la justicia, y guarda de los pactos. Esta es la comprensión que necesita el reformador contemporáneo: aprender de la profecía no la mera paciencia en el camino, sino la buena gestión del camino.

Séptimo: la psicología del reformador contemporáneo

¡Cuánta necesidad tiene el reformador contemporáneo —sea imán, predicador, maestro, padre o educador—, sobre todo en los entornos donde se intensifica el extrañamiento y se aglomeran las influencias, de esta profunda comprensión profética! Pues edifica una identidad en un tiempo en que las identidades se disuelven, educa a una generación que tiran de ella las pantallas, las pasiones y las dudas, e intenta sembrar el sentido de la fe en una tierra que puede parecer dura, y preservar para los hijos su vínculo con Dios en un mundo que les disputa los corazones a cada instante.

Puede sembrar años sin ver del fruto lo que recompense su fatiga. Puede aconsejar y no ser escuchado. Puede educar y ver del descarrío lo que le duele. Puede predicar, enseñar y acompañar, y luego preguntarse en un instante de debilidad: ¿hay alguna utilidad?

Y la respuesta, desde el corazón de la revelación y la profecía, es: sí. La utilidad está en el intento mismo si su intención es recta, en la siembra misma si es sincera para con Dios, y en la permanencia en la frontera si es con fidelidad y clarividencia. Pues la ley de la reforma es acumulativa; en ella se reúnen los esfuerzos de las generaciones como se reúnen las gotas de lluvia hasta volverse un río. ¡Cuántas palabras pronunció un reformador creyéndolas perdidas, y he aquí que despiertan después de un tiempo en el corazón de un joven, un niño o un arrepentido! ¡Y cuántas semillas enterró un predicador en un pecho del que no esperaba provecho, y he aquí que reverdecen cuando el sembrador se ausenta o envejece!

El reformador trabaja para quien viene después de él, como trabajaron por él quienes le precedieron. Recibe el estandarte sin pretender que comenzó el camino de la nada, y lo entrega sin exigir ver todos los resultados en su vida. Así se libera de los criterios urgentes del mercado: cifras que suben, imágenes que se difunden, impresiones rápidas y elogios inmediatos. Su verdadero criterio es: ¿transmití? ¿Hice el bien? ¿Tuve paciencia? ¿Permanecí en la frontera? ¿Devolví el asunto a Dios?

Octavo: los auxilios de los reformadores para completar la marcha

No le basta al reformador saber que el camino es largo, hasta que conozca con qué recorrer su longitud. Ni le basta creer que el fruto puede demorarse, hasta que posea la provisión que lo haga paciente ante su demora. Pues para la longitud del camino hay una provisión, para el peso del mensaje hay un socorro, y para los quebrantos del alma hay fuentes que le devuelven su certeza y su fuerza.

1. La certeza en la meta antes de apresurar el fruto

La primera provisión de los reformadores es la certeza de que tienen una meta que no se pierde ante Dios. Pues no se mueven en el vacío, ni siembran en la nada, ni trabajan por la mera admiración de la gente o su respuesta, sino que marchan hacia Dios y hacen de toda su vida un sentido de servidumbre.

Dijo el Altísimo: «Y no he creado a los genios y a los hombres sino para que Me adoren» [al-Dhāriyāt: 56]. Y dijo, glorificado sea: «Di: en verdad, mi oración, mi sacrificio, mi vida y mi muerte son para Dios, Señor de los mundos» [al-Anʿām: 162]. Y dijo, exaltada sea Su majestad: «Y que hacia tu Señor está el destino final» [al-Najm: 42].

A quien se le aclara la meta, se le hace ligera la lentitud del camino. Quien sabe para quién trabaja, no le perjudica que la gente ignore la medida de su obra. Y quien hace de Dios su propósito, no se le quiebra el alma si escasean los agradecidos o abundan los que rechazan.

2. El recurso a Dios, dueño de los corazones

Luego, el reformador necesita en cada paso recurrir a Dios; porque no trata con cuerpos que se mueven solamente, sino con corazones que se vuelcan. Y los corazones no están en su mano. Puede perfeccionar el enunciado y no abrirse el corazón; puede debilitarse el medio y Dios permitir la guía; y puede el reformador llamar largamente a una puerta y luego Dios la abre con una palabra que no creía ser la llave.

Dijo el Altísimo: «Y sabed que Dios se interpone entre el hombre y su corazón» [al-Anfāl: 24]. Y dijo, glorificado sea: «Señor nuestro, no hagas que se desvíen nuestros corazones después de habernos guiado» [Āl ʿImrān: 8].

Y de las súplicas del Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) era: «Oh, Tú que volcas los corazones, afirma mi corazón en Tu religión» (narrado por al-Tirmidhī y otros).

Esto devuelve al reformador a una gran verdad: que él no guía por sí mismo, ni influye por su cuenta, ni posee del asunto de los corazones nada, salvo ser una causa autorizada, un siervo necesitado, una lengua veraz y un corazón misericordioso. Si siente la impotencia, su impotencia no es una puerta de retirada, sino una puerta de auxilio. Y si ve la dureza de los corazones, no desespera, sino que los eleva a Quien vuelca los corazones.

3. El rezo nocturno: la estación de recarga del reformador

De lo que más recarga el alma reformadora es el rezo de la noche. Pues Dios no preparó a Su Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) para portar la palabra pesada con la abundancia del trato con la gente en primer lugar, sino con el retiro ante Él.

Dijo el Altísimo al inicio de la sura al-Muzzammil: «¡Oh tú, el arropado! Levántate de noche, salvo una parte» [al-Muzzammil: 1-2]. Luego dijo: «En verdad, vamos a depositar sobre ti una palabra pesada» [al-Muzzammil: 5]. Luego aclaró el secreto de la noche y dijo: «En verdad, las horas de la noche son de mayor impronta y de palabra más recta» [al-Muzzammil: 6]. Luego dijo: «En verdad, tienes durante el día una larga ocupación» [al-Muzzammil: 7].

Como si el sentido fuera: quien tiene durante el día una larga ocupación entre las criaturas, que tenga durante la noche una larga estación ante el Verdadero. Quien porta las cargas de la gente, ha de descargar sus propias cargas a la puerta de Dios. Y quien quiera permanecer benevolente en su llamada, paciente en su educación, sabio en su orientación, ha de tener una fuente oculta de la que extraiga el sosiego.

El rezo de la noche no es solo una práctica voluntaria individual en la vida del reformador, sino una provisión de mensaje. Con él se purifica el corazón del polvo del trato, se aquieta el alma del bullicio de la gente, recupera el predicador su sinceridad primera, y distingue entre el obrar por Dios y el obrar por el alma, entre el celo por la verdad y la venganza por el ego.

4. El Corán: fuente de afirmación y clarividencia del camino

Y permanece el Corán como la mayor fuente de afirmación. El reformador no lo lee como una recitación pasajera, ni lo invoca solo para adornar su discurso, sino que lo vive como el libro del camino: expone los dolores de los predicadores, la astucia de los negadores, la lentitud de la respuesta, la desolación del extrañamiento, la negación de los más cercanos, los quebrantos de las almas, y luego abre en todo ello las puertas de la firmeza.

Dijo el Altísimo acerca de la sabiduría de la revelación gradual del Corán: «Y dijeron los que no creyeron: ¿por qué no se le ha revelado el Corán de una sola vez? Así es, para afirmar con él tu corazón» [al-Furqān: 32]. Y dijo, glorificado sea: «Y todo te lo relatamos de las noticias de los mensajeros, aquello con lo que afirmamos tu corazón» [Hūd: 120]. Y dijo, exaltada sea Su majestad: «Di: lo ha hecho descender el Espíritu Santo de parte de tu Señor con la verdad, para afirmar a los que creen» [al-Naḥl: 102].

El Corán no expone los relatos para el entretenimiento, sino que expone los problemas del camino y con ellos las llaves de la firmeza. En él se encuentra el reformador entre Noé que llama por siglos, Abraham que enfrenta a su pueblo, Moisés que es paciente con los hijos de Israel, José que se vuelca entre el pozo, la cárcel y el poder, Jonás que regresa de las tinieblas con la glorificación, y Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) que porta la palabra pesada hasta que Dios completa Su luz.

El Corán no es el adorno del discurso del reformador, sino la vida de su corazón, la clarividencia de su camino, y el refugio de su espíritu cuando el intento lo agobia y la espera se le prolonga.

Noveno: la comprensión de la permanencia en la frontera

De lo más peligroso que afecta al reformador es que se traslade a sí mismo de la posición del siervo transmisor a la posición del gobernante sobre los corazones. Así, si la gente responde, queda satisfecho de sí mismo; y si rechaza, acusa al camino, o se acusa a sí mismo de manera destructiva, o se retira del campo. Lo correcto es que revise sus medios sin flagelarse, renueve su intención sin quebrarse, desarrolle su discurso sin ceder en la verdad, y tenga paciencia con el juicio de su Señor.

La permanencia en la frontera no significa el estancamiento, ni la repetición de los métodos fracasados, ni la pretensión de heroísmo junto a la mala gestión. Significa, más bien, que el rechazo no sea causa para abandonar el mensaje, ni la fatiga un pretexto para traicionar la fidelidad, ni la demora del fruto un argumento para cerrar la puerta de la esperanza.

Dijo el Altísimo: «Y ten paciencia, pues tu paciencia no es sino por Dios» [al-Naḥl: 127]. Y dijo, glorificado sea: «Ten, pues, una hermosa paciencia» [al-Maʿārij: 5]. Y dijo, exaltada sea Su majestad: «Y por tu Señor, ten paciencia» [al-Muddaththir: 7].

Estos versículos hacen de la paciencia una adoración, no un mero aguante psíquico; hacen de su fuente a Dios, no la mera firmeza del temperamento; y hacen de su fin a Dios, no el elogio de la gente. Pues no toda paciencia es loable, hasta que sea por Dios, con Dios, y conforme a lo que Dios quiere.

Epílogo

Oh tú, reformador que permaneces en la frontera: no mires solo a lo que ves, sino a lo que siembras. No hagas de la lentitud del fruto un testigo de la muerte de la semilla. No desesperes si se cierra una puerta, pues Dios tiene puertas incontables. No te detenga el tropiezo, pues ningún reformador alcanzó su meta sino tras tropiezos. Y no abandones tu posición por la mera estrechez del alma, pues acaso la apertura esté más cerca de lo que crees.

Continúa el intento como lo continuaron los profetas. Espera en la gente lo que tus ojos no ven. Mira a los lomos como miró tu Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) el día de al-Ṭāʾif. Aprende de Noé la largueza de aliento, de Jonás el peligro de abandonar la frontera antes del permiso, y de Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) que la reforma es misericordia, paciencia, transmisión y renovación de los medios.

Y sabe que cesar del intento es el verdadero fracaso, mientras que el intento sincero no se pierde jamás ante Dios. Cada palabra de verdad, cada sesión de ciencia, cada consejo sincero, cada lágrima en lo hondo de la noche, y cada intento de reformar un corazón, un hogar, un joven o una sociedad, está guardado en la balanza de Dios, aunque la gente no lo vea como un fruto inmediato.

Avanza, pues; que la siembra que plantas hoy puede volverse una sombra bajo la que se cobije quien venga después de ti. Y la luz que portas puede que no veas toda su extensión, pero no se apaga si está tomada de la luz de la profecía. La heredan, más bien, los que marchan por el sendero, generación tras generación, hasta que Dios herede la tierra y a quienes están sobre ella.

Pues los reformadores no cesan de intentarlo; porque saben que el camino hacia Dios no lo corta un instante de desesperación, que la transmisión es una adoración, que la guía es un favor, que el fruto es una promesa, que lo que fue por Dios permanece aunque se retrase su aparición, y que Dios no echa a perder la recompensa de quien obra bien.

Una palabra final

Nuestra emigración a América o a otro lugar no es la zona segura; pues allí un futuro amenaza a los hijos, la estabilidad familiar, la seguridad psicológica y la sensatez de la decisión. Y entre estas ganancias corporales, económicas y de entretenimiento se halla lo que viene más allá de ellas: que el entorno se trague a nuestras generaciones sucesivas.

El discurso ahora se dirige a todo aquel a quien se llama a liderar instituciones pequeñas y grandes, y a todo aquel que cuida de un niño o sostiene a una mujer: el asunto ya no se limita al mero llamado a preservar la religión; más bien, se ha vuelto imperativo que nos exhortemos a nosotros mismos a considerar las consecuencias y los desenlaces, y a planificar el futuro —para un mañana que llegará sin falta y vendrá sin duda; pero ¿sobre qué realidad nuestra, y en qué estado? Y Dios es quien mejor sabe.

Comparte este artículo

Comentarios

Comparte un beneficio o una idea sobre el artículo; agradecemos tu opinión.

Aún no hay comentarios publicados. Sé el primero en comentar.

Esperamos que el artículo te haya sido de provecho, y agradecemos tu comentario y tu consejo.

Pregunta al Jeque