Your Sermon: An Essay or a Stance?
Between the One Who Searches for a Friday Topic and the One Who Carries a Project for Building the Human
Cada semana, conforme se acerca la noche del viernes, miles de predicadores se sientan ante sus escritorios —hojeando libros, navegando sitios web, consultando a sus hermanos— todos absorbidos por una única pregunta: «¿De qué predico este viernes?» Una pregunta que parece, en apariencia, natural —incluso señal de diligencia y cuidado. Pero en realidad revela una profunda crisis en la comprensión misma de la función del púlpito. La distancia es enorme entre un predicador que busca cada semana un «tema» para llenar los minutos del sermón, y un predicador que lleva en el pecho un «proyecto» —en el que cada sermón es un ladrillo en un edificio que está levantando. El primero pregunta: ¿Qué digo? El segundo pregunta: ¿Qué construyo? Y entre las dos preguntas hay una distancia como la que separa un ensayo de una postura.
¿Un ensayo o una postura?
Un ensayo es un discurso elaborado para ser pronunciado —sus palabras pulidas, sus párrafos ordenados, sus evidencias seleccionadas— y luego pronunciado, escuchado, admirado o criticado, y archivado para cuando suene el llamado a la oración de Asr. La medida del ensayista es el éxito inmediato: ¿Fueron conmovidas las personas? ¿Lloraron? ¿Dijeron a la puerta: «¡Que Dios te recompense, qué sermón tan magnífico!»? Cuando escucha eso, se marcha satisfecho de que el mensaje ha sido transmitido, y al día siguiente comienza a buscar un nuevo tema.
La postura es algo completamente diferente. La postura es una posición pedagógica con un antes y un después —un eslabón en una cadena, un paso en un camino, un peldaño en una escalera cuyo principio y fin el predicador conoce. El que sostiene una postura no mide su sermón por las lágrimas del momento, sino por su efecto un mes y un año después: ¿Ha cambiado algo en los hogares de la congregación? ¿Se ha levantado algún valor descuidado? ¿Se ha roto algún hábito arraigado? Para él, el sermón no es un producto semanal de consumo —es una dosis en un largo programa de tratamiento y construcción, en el que el predicador calcula la posición, la cantidad y el momento.
Retrato del primero: el buscador de temas
El predicador que busca un tema está gobernado por las ocasiones y las emergencias. El Ramadán le impone su tema; el Hayy le impone su tema; el incidente de la semana le impone su tema —y entre estos se extiende un vacío que llena con lo que venga: un sermón sobre la paciencia, seguido de un sermón sobre el respeto a los padres, seguido de un sermón sobre la calumnia, sin hilo que los una ni objetivo que los alinee. Cada sermón individual puede estar bien construido, sólido en sus evidencias —y sin embargo, en conjunto no construyen nada. Son como hermosas piedras apiladas unas junto a otras sin constructor y sin plano.
El resultado que presenciamos en la realidad es testimonio suficiente: un adorador que ha asistido a la oración del viernes durante treinta años, que ha escuchado más de mil quinientos sermones —y sin embargo apenas puedes encontrar en él rastro alguno de esta enorme suma en su comportamiento, sus convicciones o el patrón de su vida. No porque los sermones fueran deficientes, sino porque nunca apuntaron a nada específico dentro de él. Fueron bellas palabras que pasaron cada viernes, como una brisa: refrescante, pero no transformadora.
Retrato del segundo: el portador del proyecto
El predicador portador de un proyecto comienza donde otros terminan. Comienza con el ser humano sentado ante él —no con el libro abierto en sus manos. Primero pregunta: ¿Quiénes son estas personas a las que me dirijo? ¿Cuáles son sus edades, sus ocupaciones, sus preocupaciones dominantes? ¿Qué se asentó en sus almas como convicciones sólidas que deseo confirmar, y como convicciones defectuosas que deseo desmantelar? ¿Cuál es el único rasgo que, si cambiara, transformaría sus vidas? Luego, a la luz de eso, traza un mapa, define un objetivo y distribuye el camino hacia él a lo largo de los viernes del año —de modo que cada sermón se convierta en su respuesta a la pregunta: ¿Dónde hemos llegado, y cuál es el siguiente paso?
Este predicador puede predicar sobre los mismos temas que otros: la paciencia, el respeto a los padres, la veracidad. Pero la diferencia es que estos temas no son títulos adyacentes en su obra —son herramientas al servicio de un objetivo más lejano. Cuando predica sobre la veracidad es porque su proyecto este año es construir la integridad en los tratos cotidianos; cuando predica sobre la buena opinión es porque está tratando la enfermedad de la división que ha observado en su comunidad. El título es el mismo —pero la intención es diferente, y la construcción es diferente.
El proyecto de construcción del ser humano: tres grados
Cuando reflexionamos sobre el proyecto del predicador serio, lo encontramos trabajando en tres grados de profundidad —cada uno más difícil que el anterior, y más duradero en su efecto.
El primer grado: la formación parcial del ser humano. Es cuando el predicador emprende un rasgo o concepto único en quienes se dirige, cultivándolo hasta que se erija —haciéndolo su preocupación durante toda una temporada: construir la conexión con el Corán, o revivir la jurisprudencia de las relaciones con el vecino, o corregir el concepto de la confianza en Dios. Una pieza plantada, regada y cultivada a través de sermones sucesivos desde múltiples ángulos —una vez a través del aliento, otra a través de la historia, otra a través del tratamiento práctico— hasta que al final de la temporada esa pieza se haya convertido en algo recordado en la conciencia y la conducta de la congregación.
El segundo grado: remodelar la identidad. Este es más profundo que el primero, pues no trata un rasgo específico sino la respuesta del ser humano a la pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Cuántos adoradores asisten a la oración del viernes viéndose a sí mismos como empleados que cumplen obligaciones —en lugar de portadores de un mensaje, administradores de la tierra, embajadores de su fe en su trabajo y sus familias? Remodelar la identidad significa elevar a los interpelados desde la identidad del «practicante religioso consumidor» hasta la identidad del «creyente activo» —desde la piedad estacional hasta una pertenencia profunda de la que fluyen todas las posturas. Esto no lo hace un sermón ni diez. Lo hace un púlpito paciente que conoce su dirección.
El tercer grado: cambiar el comportamiento y el patrón de vida. Este es el fruto por el que se prueban los dos grados anteriores —pues no hay valor en un concepto que ha echado raíces, o una identidad que se ha formado, si no aparece en el día y la noche: en cómo se gasta y se ahorra, en las costumbres del hogar y la crianza de los hijos, en la excelencia del trabajo y la integridad en el mercado, en la relación con el tiempo, el teléfono y la salud. El predicador portador de un proyecto rastrea el efecto de su púlpito hasta estos detalles, diseñando sus sermones con una pregunta específica en mente: ¿Qué quiero que el adorador haga —no solo que sepa— después de este sermón?
Estos tres grados no son opciones separadas entre las que elegir —se interpenetran, cada uno aferrándose al borde del otro. La pieza construida con maestría abre una puerta a la identidad; la identidad que se forma impulsa hacia la conducta. Los llamamos grados solo para que el predicador nuevo en este camino sepa dónde entrar: comienza con una pieza que puedas cultivar bien —y cuando veas su fruto y saborees el placer de construir, asciende a lo más amplio, como el constructor comienza con una sola piedra y continúa levantando hasta que el muro se yergue.
El púlpito profético: un proyecto, no publicaciones
Esta visión no es una innovación reciente —es precisamente lo que encontramos en el método profético. Quien rastrea los sermones y exhortaciones del Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) encuentra en ellos posturas dentro de un proyecto de contornos claros: construir una nación desde arenas dispersas. En La Meca, el proyecto era plantar la creencia y liberar al ser humano de la servidumbre de la piedra y el amo —y las exhortaciones giraban alrededor de esto y no se apartaban. En Medina, el proyecto cambió a la construcción de la sociedad y el Estado —y los sermones vinieron sobre la hermandad, los derechos, los tratos y el esfuerzo. Sus sermones (que la paz sea con él) eran breves, intencionados y repetidos en sus grandes significados, porque el objetivo no era entretener los oídos cada viernes con algo nuevo, sino incrustar significados específicos hasta que se convirtieran en segunda naturaleza. Ese púlpito produjo una generación que llevó la fe hasta los horizontes. ¿Qué testimonio para la lógica del «proyecto» podría ser más convincente que este?
Obstáculos en el camino
Sin embargo, la transición desde la lógica del tema a la lógica del proyecto no está exenta de obstáculos. El primero es la impaciencia por el fruto: el predicador acostumbrado a cosechar los elogios del público cada viernes sentirá una especie de soledad al trabajar hacia un objetivo cuyo efecto no aparecerá durante meses. Aquí se pone a prueba su sinceridad —¿quiere que se diga: «¡Qué elocuente es!» o quiere que las personas cambien?
El segundo obstáculo es la presión de las ocasiones y los eventos. Las temporadas y las crisis llegan una tras otra, dispersando el plan a menos que el predicador las gestione bien. La verdad es que una ocasión no está en conflicto con el proyecto —le sirve, cuando el predicador la canaliza a través de su propia puerta. El que tiene como proyecto construir la identidad hace del Ramadán una estación para construirla; el que tiene como proyecto reformar los tratos predica en el Hayy sobre la santidad de la riqueza ajena —tomando el combustible de la ocasión y dirigiéndolo por su propio camino.
El tercer obstáculo es la inestabilidad. Algunos predicadores rotan entre múltiples mezquitas, sin conocer a su gente y sin ser conocidos por ella —y el proyecto de construcción del ser humano necesita una estación y una larga compañía, así como una plantación necesita suelo fijo. Quien esté probado con la rotación, que haga su proyecto entre las piezas cercanas que puedan construirse en unos pocos encuentros. Y quien sea agraciado con estabilidad en una mezquita ha recibido el principal capital del proyecto —que no lo malgaste.
El cuarto obstáculo —el más oculto de todos— es la creencia del predicador de que un proyecto mata la espontaneidad y el calor del púlpito. No lo hace. El ingeniero que construye a partir de un plano no está impedido de ser creativo en los detalles; es más, la claridad del propósito libera al predicador de la ansiedad de la búsqueda semanal y canaliza su energía hacia la excelencia y la maestría, en lugar de la confusión y la improvisación.
Del tema al proyecto: cinco pasos
Quizás un predicador que lea estas líneas diga: Estoy convencido —¿pero por dónde empiezo? Aquí hay cinco pasos prácticos que mueven el púlpito desde la lógica del tema a la lógica del proyecto.
Primero: conoce a tu audiencia antes de decidir qué decir. Siéntate con tu congregación. Escucha más de lo que hablas. Aprende sus edades, sus profesiones, sus preocupaciones dominantes. El médico que receta antes de diagnosticar no es médico, por más nombres de medicamentos que haya memorizado.
Segundo: establece un objetivo para el año, no para el sermón. Elige uno o dos grandes objetivos para el año —que los hogares vuelvan al Corán, o que se corrija la jurisprudencia del sustento lícito, o que se construya la identidad del joven musulmán. Luego haz de este objetivo la escala con la que pesas cada idea de sermón que se te ocurra: ¿Sirve al proyecto, o compite con él?
Tercero: asigna a cada sermón una función dentro del plan. Divide el camino en etapas: sermones que demuelen la percepción equivocada, sermones que construyen la alternativa, sermones que tratan los obstáculos, sermones que confirman y recuerdan. Con esto, tu pregunta semanal se convierte en: ¿Cuál es el siguiente ladrillo? —en lugar de: ¿Cuál es el nuevo título?
Cuarto: conecta el púlpito con lo que viene después de él. El sermón solo es un destello semanal —extiéndelo con afluentes: una clase que elabore lo que el sermón resumió; un mensaje en el grupo del barrio que lo recuerde; una acción colectiva que traduzca su significado en práctica. El proyecto necesita una pequeña institución —aunque sea un imán, un muecín y tres jóvenes de la mezquita.
Quinto: mide el efecto —no te conformes con los elogios. Las palabras de admiración a la puerta de la mezquita no son una medida. Pregunta después de cada fase: ¿Qué ha cambiado realmente? Encuesta, observa, escucha a las mujeres y a los jóvenes —no solo a la primera fila— y luego ajusta tu plan a la luz de lo que ves. Un proyecto vivo se revisa; uno muerto simplemente se repite.
Conclusión: O Venerable Imán
En tus manos hay un púlpito que congrega para sí —en atención y corazones— lo que los más poderosos instrumentos de influencia terrenal no pueden congregar: una audiencia que viene a ti voluntariamente cada semana, escuchando por mandato de la Ley sagrada, compuesta por la ablución y el silencio. Gastar este tesoro en ensayos que se admiran y luego se olvidan es un profundo desperdicio.
Convierte tu púlpito de una plataforma de entrega en un taller de construcción —de la pregunta «¿Qué digo mañana?» a la pregunta «¿A quién construyo este año?» Cuando lo hagas, tu sermón ya no será un ensayo que se dice y luego se va, sino una postura que deja en las personas lo que deja —un efecto que camina por los mercados y los hogares después de que la congregación se dispersa— y una forma de caridad continua como ninguna otra: un ser humano reconstruido ante tus ojos. Y eso es propósito suficiente para toda una vida.
Escrito por el Imán Dr. Ahmed Muhammad Ali Abouseif — Doctor en Exégesis Coránica y Ciencias Coránicas por la Universidad de Al-Azhar, Fundador y Presidente de la Academia Americana de Imanes en Plano, Texas.
Episodio tres de la serie «Cuestiones del Imán».* *Episodio uno: «Los hijos de los imanes: entre la dádiva y la prueba».* *Episodio dos: «La casa del llamado: entre la imagen heredada y la realidad humana».
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