La sabiduría es el bien perdido del creyente
Una lectura fundacional de una máxima preciada y un dilema civilizatorio contemporáneo

Apertura: una máxima preciada que resume toda una filosofía
Una máxima ampliamente difundida, recibida por las gentes con aceptación general, declara: *«La sabiduría es el bien perdido del creyente; dondequiera que lo halle, es el más merecedor de él.»* Se ha transmitido como hadiz elevado (marfūʿ) de Abū Hurayra (que Dios esté complacido con él), recogido por al-Tirmidhī e Ibn Māŷa, aunque su cadena elevada ha sido juzgada extremadamente débil por la mayoría de los especialistas en hadiz, y no puede atribuirse con confianza al Profeta ﷺ[1]. El sentido, sin embargo, es sólido y de peso, sostenido por el Corán y la Sunna auténtica, y vivido en la práctica por los Compañeros y sus sucesores. De un género similar, transmitido solo con reserva, está el dicho: *«La sabiduría es el bien perdido del creyente; búscalo incluso entre los hipócritas.»* Se ha atribuido a ʿAlī (que Dios esté complacido con él), pero no hemos hallado para él una cadena de transmisión firme[2].
Reflexiona sobre la elocuente imagen que el Profeta ﷺ eligió: *al-ḍālla* —la bestia perdida que un dueño persigue con anhelo, negándose a descansar hasta recobrarla. La sabiduría, para el creyente, no es un accesorio optativo que pueda tomar o dejar, sino una *posesión extraviada* que reclama dondequiera que la halle. La busca en cada reunión, la rastrea en cada libro, la escucha en cada lengua que dice la verdad. Cercano o lejano, musulmán o no musulmán —no le hace diferencia, mientras lo que oye concuerde con la verdad, beneficie a la creación, y no choque con los fundamentos de la revelación.
En su brevedad, esta máxima pone ante nosotros —los musulmanes del siglo XXI— una delicada ecuación civilizatoria: *¿Cómo nos abrimos al legado de la humanidad sin disolvernos en él? ¿Cómo recibimos de los demás sin perder nuestros propios fundamentos?* Esta es la pregunta que nos acompañará a través de cada parte de este artículo.
I. Definir la sabiduría
Los sabios han ofrecido definiciones variadas de *ḥikma*, todas en torno a un solo gran sentido. Se transmite de Muŷāhid, al-Ḍaḥḥāk y el Imam Mālik que dijeron que la sabiduría es *«la comprensión profunda en la religión de Dios, unida al obrar conforme a ella»*[3]. Ibn al-Qayyim, en *Madāriŷ al-Sālikīn*, la define como *«hacer lo que debe hacerse, en la manera en que debe hacerse, en el tiempo en que debe hacerse»*[4]. Al-Ŷurŷānī, en *al-Taʿrīfāt*, la describe como *«el conocimiento de la verdad por sí misma, y el conocimiento del bien para obrar conforme a él»*[5].
El núcleo de estas definiciones es que la sabiduría une dos elementos inseparables: *un saber beneficioso*, y *una acción recta que se conforma a ese saber*. Quien sabe pero no obra no es un sabio, aunque sea un erudito; y quien obra sin saber no es un sabio, aunque sea celoso. La sabiduría crece en el suelo entre los árboles gemelos del saber y la acción; ninguno puede florecer sin el otro.
Hay una tercera dimensión a menudo pasada por alto: el discernimiento del momento y la lectura del contexto. Una persona puede ser a la vez instruida y activa, y, sin embargo, abrir la boca en el instante equivocado y arruinar el mismísimo sentido que pretendía transmitir. De ahí el axioma de los retóricos: *«Para cada ocasión, su propio discurso.»*
II. La sabiduría en el Libro de Dios
Dios concedió a la sabiduría un rango elevado en Su Libro, diciendo: *«Concede la sabiduría a quien quiere, y a quien se le concede la sabiduría ciertamente se le ha dado mucho bien. Y nadie recapacita salvo los dotados de entendimiento»* (Al-Baqara 269). La aleya establece tres verdades: que la sabiduría es un don divino; que es *mucho bien*, de modo que quien la alcanza ha lucrado de verdad; y que su recepción y su recuerdo pertenecen solo a *los dotados de entendimiento* —lo que Dios llama *ulū al-albāb*, poseedores de una razón sana.
Dios elogió a David (la paz sea con él): *«Le dimos la sabiduría y el discurso decisivo»* (Ṣād 20). Y elogió a Luqmān el sabio: *«Ciertamente dimos a Luqmān la sabiduría, diciendo: "Sé agradecido con Dios"»* (Luqmān 12). Tan renombrado se volvió Luqmān por su sabiduría que Dios nombró una sura por él —recitada por los musulmanes hasta el Día de la Resurrección.
Entre las más grandes misiones de los profetas —la paz sea con ellos— estuvo *la enseñanza de la sabiduría*. Dios dijo de nuestro Profeta Muhammad ﷺ: *«Él es quien ha enviado entre los iletrados a un Mensajero de entre ellos mismos que les recita Sus aleyas, los purifica, y les enseña el Libro y la sabiduría»* (Al-Ŷumuʿa 2). La enseñanza de la sabiduría se sitúa junto a la enseñanza del Libro, y se empareja con la purificación —un indicio de que la sabiduría es un fruto de la fe y un resultado del refinamiento interior.
III. La sabiduría en la vía del Profeta ﷺ
El Profeta ﷺ fue el principal maestro de la sabiduría; cada palabra suya era la sabiduría misma. Al-Bujari y Muslim registran que Ibn Masʿūd (que Dios esté complacido con él) dijo: *«El Mensajero de Dios ﷺ nos atendía con sermones de manera selectiva, por aversión a que nos cansáramos»*[6]. No los abrumaba con exhortaciones hasta que se hartaran de escuchar, ni callaba tanto que olvidaran —sino que elegía sus momentos y ocasiones con cuidado. Esto mismo es la esencia misma de la sabiduría en la llamada y la enseñanza.
Entre sus máximas concisas preservadas por los Compañeros: *«La religión es el consejo sincero»*[7]; *«En verdad, en la elocuencia hay un encantamiento»*[8]; *«Desapégate de este mundo y Dios te amará; desapégate de lo que las gentes poseen y las gentes te amarán»*[9]. Breves en forma, vastas en sentido —frases sobre las que un creyente puede edificar toda su conducta y su método de vida, todas extraídas del puro arroyo de la sabiduría profética.
Una frase que circula ampliamente es *«El creyente es perspicaz y avisado.»* Un número de especialistas en hadiz —entre ellos Ibn al-Ŷawzī, al-Ṣaghānī y al-Sajāwī— han dictaminado que esta frase, con esta redacción atribuida al Profeta ﷺ, no tiene fundamento[10]. Nuestro deber es mantener el legado del Profeta ﷺ libre de atribuciones que no han sido autentificadas, aunque el sentido, en sí mismo, concuerde con el espíritu de la sharía.
IV. La sabiduría es un bien perdido — pero ¿dónde se busca?
Este es el corazón de la máxima y el corazón de este artículo. Si la sabiduría es en efecto el bien perdido del creyente, entonces debemos preguntar: *¿De dónde se toma? ¿En qué fuentes se busca?*
La respuesta se ordena en dos círculos concéntricos:
El primer círculo: las grandes fuentes indispensables
La primera y más grande es el Libro de Dios —*al-Ḥakam* (el Juez) y *al-Ḥakīm* (el Sabio)— que contiene las noticias de quienes nos precedieron, lo que vendrá después de nosotros, y la ley que nos rige. La segunda es la Sunna del Elegido ﷺ; Dios reveló sobre él tanto el Libro como la sabiduría, y muchos entre las primeras generaciones interpretaron «la sabiduría» en la aleya como la Sunna misma. La tercera es la conducta de los nobles Compañeros, la mejor de las generaciones, de quienes tomamos la sabiduría tal como fue vivida. La cuarta es el legado de los sabios practicantes —maestros de la jurisprudencia, la exégesis y la conducta, que encarnaron el Islam como saber y como práctica.
El segundo círculo: el legado general de la humanidad
Se extiende, más allá de estas, una ancha puerta de sabiduría —hallada en las experiencias de las naciones y sus civilizaciones, en la contemplación de los patrones divinos en acción en el cosmos y la sociedad, en la lectura de la historia y la consideración de sus desenlaces, en el sentarse con mentes reflexivas y escuchar la experiencia acumulada de la humanidad.
Entre los dichos preciados que circulan en las lenguas —atribuido a ʿUmar ibn al-Jaṭṭāb (que Dios esté complacido con él)— está: *«Toma la sabiduría; no te dañará de cualquier vasija de la que haya venido»*[11]. Del habla heredada de las primeras generaciones: *«Mira lo que se dijo, no quién lo dijo.»* Y un dicho relatado de más de un imam —entre ellos Mālik, Muŷāhid e Ibn ʿAbbās— declara: *«No hay nadie cuyas palabras no se tomen y se dejen, salvo el ocupante de esta tumba»* —señalando la tumba del Profeta ﷺ[12].
Un límite sharaico que no debe olvidarse
Antes de extendernos sobre esta puerta, debe establecerse un principio sharaico que gobierna todo lo que sigue: la sabiduría aceptable es la que se conforma a la verdad y no choca con los fundamentos de la revelación. No toda teoría o doctrina propuesta por el intelecto humano es sabiduría; más bien, la sabiduría es lo que cumple dos condiciones: su concordancia con la verdad en sí misma, y su no contradicción de las enseñanzas decisivas de la sharía. Si cualquiera de las dos condiciones falla, el discurso se aparta de la sabiduría hacia el extravío, por ornamentado que esté con términos filosóficos y florituras retóricas.
Una ecuación civilizatoria: apertura sin disolución
A la luz de este límite, el gran dilema que el musulmán contemporáneo encara —especialmente aquellos a quienes Dios ha situado en Occidente— se enfoca: ¿Cómo se abre al legado de la humanidad sin disolverse en él? ¿Cómo recibe de los demás sin perder su propio ser?
La respuesta yace en tres distinciones precisas:
Primera: la distinción entre sabiduría y referencia. El creyente toma la sabiduría de cualquier fuente, pero no reemplaza el Corán y la Sunna por otra referencia. La sabiduría se reúne y se sopesa; la referencia permanece preservada y fija. El Corán juzga sobre la sabiduría; la sabiduría no juzga sobre el Corán.
Segunda: la distinción entre beneficiarse e imitar. Beneficiarse es tomar de los demás lo que nos sirve, añadirlo a lo que ya poseemos, y refinarlo a través del criterio de nuestra sharía. Imitar es despojarnos de nuestra propia identidad hasta volvernos una imagen distorsionada de otro. Lo primero es fortaleza; lo segundo es debilidad. Lo primero es autenticidad; lo segundo es dependencia.
Tercera: la distinción entre la confianza y un complejo de inferioridad. Quien toma la sabiduría de los demás por confianza en su religión es el fuerte —no ve menoscabo alguno en el acto, sino más bien una confirmación, pues toda verdad se encuentra con la verdad del Islam. Pero quien la toma por un complejo de inferioridad entrega su mando a su fuente; todo lo que viene de «el otro» se le vuelve sagrado, y todo lo que él posee se vuelve objeto de duda y revisión.
El Islam —la religión de la verdad absoluta— no teme a la verdad dondequiera que aparezca, porque está confiado en sus fundamentos. Sabe que la verdad no contradice a la verdad, y que la sabiduría verdadera no se opone a la revelación verdadera. Por ello los primeros musulmanes mantuvieron la balanza de la sharía sobre todo lo que les llegaba del saber de otras naciones: lo que se alineaba con la sharía lo recibían e invertían; lo que la contradecía lo rechazaban —aunque viniera de las mentes más grandes de la época.
V. Entre la astucia y la sabiduría
Una verdad sutil que el creyente debe captar: la sabiduría no es lo mismo que la astucia, ni es mera información, ni agudeza de mente y rapidez de ingenio. ¡Cuántas personas astutas no son sabias! Poseen vastos almacenes de saber, y, sin embargo, se conducen pobremente, hablan cuando el silencio sería propio, y dañan las mismísimas relaciones que pretendían remendar.
Permíteme ofrecer tres ejemplos de nuestra realidad de hoy:
El primer ejemplo: Un ingeniero exitoso en su carrera, que ha ascendido por las mayores empresas de Silicon Valley, gestionando proyectos de muchos millones de dólares con notable destreza. Pero cuando entra a su casa, se vuelve un hombre seco y cansado —que trata a su esposa como a otra de sus subordinados en el trabajo, a sus hijos como a empleados que aguardan su evaluación anual. Calladamente, el hogar se derrumba; los hijos crecen habiendo perdido a su padre dentro de su padre. ¿Era astuto? Sin duda. ¿Era sabio? En absoluto. Dominó su oficina y arruinó su hogar —eso no es sabiduría.
El segundo ejemplo: Un trabajador de la daʿwa que ha adquirido un vasto saber, memorizado numerosos textos clásicos, se yergue en el púlpito y expone pruebas concluyentes. Mas cuando se sienta entre las gentes, estrecha lo que la sharía ha hecho amplio, endurece donde la dureza no está justificada, y reprocha a las gentes por lo que Dios mismo no reprochó —y así la mezquita que estaba llena se vacía, y los jóvenes que antaño se sentían atraídos por él se apartan. ¿Era un erudito? Sí. ¿Era sabio? No. Pues la sabiduría en la llamada es reunir, no dispersar; atraer, no repeler; abrir las puertas del bien, no cerrarlas de golpe.
El tercer ejemplo: Un joven de entre nuestros hijos aquí en América —brillante en sus estudios, sobresaliente en su disciplina, poseedor de habilidades técnicas sin par entre sus pares. Mas cuando se sienta con sus padres, no tiene nada que decir. Cuando entra a la mezquita, no halla lugar allí. Cuando se encuentra con su comunidad, no halla una identidad que reclamar —así que vive extraño dondequiera que va. ¿Era astuto? Sí. ¿Ha hallado la sabiduría? Todavía no —pues la mayor sabiduría es saber quién eres, de dónde viniste, hacia dónde te diriges, y cómo reunir entre tus raíces en el Islam y tu vida en el mundo contemporáneo.
Todo esto vuelve al hecho de que la sabiduría es un don divino en el que muchas facultades deben converger: el saber, la paciencia, la deliberación, el buen pensamiento de Dios, la perspicacia en la realidad, la jurisprudencia de las prioridades, y la conciencia de las consecuencias. Quien desee la sabiduría debe esforzarse en sí mismo por adquirir todas estas cualidades, y debe implorar a su Señor que se la otorgue —pues el Profeta ﷺ solía orar: *«¡Dios mío! Te pido un saber beneficioso, y me refugio en Ti de un saber que no beneficia»*[13].
VI. La sabiduría en la llamada a Dios
Dios ordenó a Su Profeta ﷺ —y a quienes llaman después de él— adoptar la sabiduría como su método, diciendo: *«Invita a la vía de tu Señor con sabiduría y buena instrucción, y argumenta con ellos de la mejor manera»* (An-Naḥl 125). El verdadero trabajador de la daʿwa no es meramente quien posee información, sino quien sabe transmitirla bien: dirigiéndose a las gentes según la medida de su comprensión, teniendo en cuenta sus estados y temperamentos, y eligiendo la palabra gentil para su momento propio.
Por ello, entre las más graves dolencias en la daʿwa están: la severidad en el lugar equivocado, la lenidad en la situación equivocada, el habla en el tiempo equivocado, y el silencio cuando se requiere el habla. El remedio para todas estas es la sabiduría —la brújula del trabajador de la daʿwa y su medida.
Nosotros —los musulmanes de Occidente, y particularmente de América— estamos en la mayor necesidad de este sentido. Nuestras comunidades son diversas; los hijos de nuestras comunidades vienen de orígenes variados y viven en un entorno donde su religión se cruza con una cultura que difiere de ellos en muchos de sus valores. Sin sabiduría, no puede haber daʿwa duradera, ni mezquita estable, ni asiento firme para nuestros hijos sobre esta religión.
La sabiduría aquí es comprender la realidad tal como es, no como desearíamos que fuera; dirigirnos a las gentes en su propia lengua; presentar el Islam en su forma más hermosa —puro en la doctrina, refinado en la conducta, exaltado en el carácter. Y reconocer que una mezquita en América no es meramente un lugar de oración, sino una escuela de identidad, un lugar de encuentro para las generaciones, y un espejo por el que toda la sociedad llega a conocer quiénes somos.
VII. Las dolencias que impiden la sabiduría
Dado el honor y el rango de la sabiduría, es natural que haya dolencias que priven al siervo de ella, o la mengüen dentro de él:
Primera: la soberbia. El soberbio no acepta la verdad de quienes están por debajo de él; no ve a nadie con mérito alguno sobre sí mismo. Así la sabiduría se le escapa sin que se percate. El Profeta ﷺ dijo: *«La soberbia es el rechazo de la verdad y el desprecio de las gentes»*[14] —rehusar lo que es verdadero, y mirar por encima del hombro a la creación.
Segunda: la precipitación. El sabio es mesurado en sus juicios, asimilando una situación desde todos los lados antes de emitir una decisión. El Profeta ﷺ dijo: *«La deliberación es de Dios; la precipitación es del Shaytán»*[15].
Tercera: el seguimiento del capricho. El esclavo de sus caprichos ve la verdad como falsedad y la falsedad como verdad, prefiriendo el deseo de su alma al agrado de su Señor —¿y cómo, pues, podría ser suya la sabiduría? Dios dijo: *«¿Has visto a quien toma por dios su propio deseo, y Dios, sabiéndolo, lo ha dejado extraviarse?»* (Al-Ŷāṯiya 23).
Cuarta: los pecados. Los pecados engendran la negligencia, oscurecen el corazón, y velan la perspicacia, hasta que quien los comete ya no puede distinguir lo que lo beneficia de lo que lo daña. Como dice el verso del Imam al-Shāfiʿī:
*Me quejé a Wakīʿ de mi mala memoria; me aconsejó abandonar los pecados,**Y me dijo que el saber es una luz —y la luz de Dios no se da a quien desobedece.*
VIII. ¿Cómo se cultiva el creyente para la sabiduría?
La senda de adquirir la sabiduría es larga, pero accesible para quien es sincero con Dios. Comienza con asuntos prácticos:
- La compañía constante del Libro de Dios, en recitación y contemplación —pues el Corán es la mayor escuela de sabiduría en la existencia.
- El sentarse con las gentes de saber y de rectitud y escucharlas —pues su compañía transmite un contagio bendito al corazón.
- La lectura de las vidas de los profetas, los Compañeros y los rectos —pues estas establecen los más altos modelos de una vida sabia en el alma.
- El silencio frecuente y las pocas palabras salvo en el bien —pues la persona sabia no habla a menos que su habla sea mejor que su silencio.
- El cultivo de la paciencia y la indulgencia —pues el Profeta ﷺ dijo a al-Ashaŷŷ de ʿAbd al-Qays: *«En ti hay dos cualidades que Dios ama: la indulgencia y la deliberación»*[16].
- El ajuste de cuentas diario de lo que uno ha dicho y hecho.
- La súplica frecuente —pues la sabiduría es un don de Dios, dado a quien Él quiere.
Conclusión: la crisis del mundo de hoy no es una crisis de información — es una crisis de sabiduría
La humanidad hoy se yergue en el umbral de una era asombrosa. Hemos horadado el cielo, alunizado, enviado naves a Marte, construido máquinas que piensan y aprenden, y reunido las bibliotecas del mundo en nuestros bolsillos. Y, sin embargo, este mismo ser humano sigue incapaz de gestionar su propio hogar, de evitar que su familia se fragmente, de hacer las paces dentro de su propio pecho, o de responder la más simple de las preguntas: *¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Hacia dónde voy?*
La crisis del mundo de hoy no es una crisis de información —es una crisis de sabiduría. La humanidad ha alcanzado saber suficiente para irrumpir a través del cielo, y, sin embargo, sigue incapaz de gobernarse a sí misma, de preservar sus familias, o de fabricar la paz dentro de sus corazones. Por ello la sabiduría arraigada en la fe sigue siendo lo que la humanidad moderna más desesperadamente necesita —pues concede no solo el poder de dominar el mundo, sino el poder de dominarse a sí mismo.
Aquí se hace patente la grandeza de la máxima con la que abrimos. El creyente —y solo el creyente— es capaz de unir lo que el mundo contemporáneo ha fracasado en unir: la apertura al legado de la humanidad por un lado, y la firmeza sobre la fuente divina por el otro. Toma la sabiduría de toda mina pura y la sopesa en la balanza de la revelación: lo que se alinea con ella, lo abraza con orgullo; lo que la contradice, lo aparta con sosiego.
Querido creyente, hagamos de este sentido un modo de vida: cada vez que oigamos una buena palabra, presenciemos un acto sabio, o leamos una idea beneficiosa que se alinee con los fundamentos de nuestra sharía, digamos dentro de nosotros: Este es mi bien perdido —y yo soy el más merecedor de él. Pues el verdadero creyente es quien une entre la autenticidad del Islam y la comprensión de la vida; entre la firmeza del credo y la flexibilidad de la conducta; entre el celo por la verdad y la capacidad de transmitirla de la manera más propia.
Pido a Dios, el Magnífico, Señor del Trono Poderoso, que nos conceda la sabiduría y el discurso decisivo, que nos haga de entre Sus amigos rectos y Sus siervos rectamente guiados, y que nos guíe —y guíe a otros a través de nosotros. En verdad, Él es el Patrón de esto, y capaz de ello.
Y que las bendiciones, la paz y las gracias de Dios sean sobre nuestro Profeta Muhammad, su familia, y todos sus Compañeros.
Notas
- Transmitido por al-Tirmidhī en su *Sunan* (2687) e Ibn Māŷa (4169), del hadiz de Abū Hurayra (que Dios esté complacido con él). Al-Tirmidhī comentó: *«Este es un hadiz gharīb; solo lo conocemos por esta cadena, e Ibrāhīm ibn al-Faḍl al-Majzūmī es juzgado débil en el hadiz por su memoria.»* Al-Albānī, en *Ḍaʿīf Sunan al-Tirmidhī* y en *al-Silsila al-Ḍaʿīfa* (1611), lo calificó como: *muy débil* (ḍaʿīf ŷiddan). El sentido —no la redacción elevada— es sólido y consistente con los fundamentos.↩
- Este dicho se ha atribuido a ʿAlī (que Dios esté complacido con él) en algunas obras literarias; no hemos localizado para él una cadena de transmisión firme en las colecciones estándar de hadiz y athar, por lo que se cita tentativamente, sin atribución definitiva.↩
- Citado por varios exégetas, entre ellos Ibn Kaṯīr y al-Qurṭubī en su comentario sobre *«Concede la sabiduría a quien quiere»*.↩
- *Madāriŷ al-Sālikīn* de Ibn al-Qayyim (2/449). La redacción dice: *«La sabiduría es hacer lo que debe hacerse, en la manera en que debe hacerse, en el tiempo en que debe hacerse.»*↩
- *al-Taʿrīfāt* de al-Ŷurŷānī, entrada «ḥikma»: *«La sabiduría es el conocimiento de la verdad por sí misma, y el conocimiento del bien para obrar conforme a él.»*↩
- Transmitido por al-Bujari (68) y Muslim (2821), de Ibn Masʿūd (que Dios esté complacido con él). Acordado.↩
- Transmitido por Muslim en su *Ṣaḥīḥ* (55), del hadiz de Tamīm al-Dārī (que Dios esté complacido con él).↩
- Transmitido por al-Bujari (5767), del hadiz de Ibn ʿUmar (que Dios esté complacido con ambos).↩
- Transmitido por Ibn Māŷa (4102), del hadiz de Sahl ibn Saʿd al-Sāʿidī (que Dios esté complacido con él). Calificado de ḥasan por al-Nawawī y al-Albānī.↩
- Con esta redacción, fue citado por Ibn al-Ŷawzī en *al-Mawḍūʿāt*, por al-Ṣaghānī en *al-Mawḍūʿāt* asimismo, y por al-Sajāwī en *al-Maqāṣid al-Ḥasana* (1107), quien dijo: *«No tiene fundamento.»* Igualmente al-Zarkashī en *al-Tadhkira fī al-Aḥādīth al-Mushtahara* y otros. Metodológicamente, lo más correcto es no atribuir esta formulación al Profeta ﷺ, aunque su sentido esté, en general, acorde con el espíritu de la sharía.↩
- Se atribuye ampliamente a ʿUmar ibn al-Jaṭṭāb (que Dios esté complacido con él); no hemos localizado para él una cadena de transmisión firme. Pertenece más bien a las máximas heredadas que circulan en las lenguas de los sabios.↩
- *Ŷāmiʿ Bayān al-ʿIlm wa-Faḍlih* de Ibn ʿAbd al-Barr (2/925), transmitido de un número de imames, entre ellos Mālik, Muŷāhid e Ibn ʿAbbās.↩
- La primera parte está en *Ṣaḥīḥ Muslim* (2722), dentro de una súplica más larga; la segunda parte está en Ibn Māŷa (3843) y en *ʿAmal al-Yawm wa-l-Layla* de al-Nasāʾī.↩
- Transmitido por Muslim en su *Ṣaḥīḥ* (91), del hadiz de Ibn Masʿūd (que Dios esté complacido con él).↩
- Transmitido por Abū Yaʿlā y al-Bayhaqī, del hadiz de Sahl ibn Saʿd. Calificado de ḥasan por al-Albānī en *Ṣaḥīḥ al-Ŷāmiʿ* (3011).↩
- Transmitido por Muslim en su *Ṣaḥīḥ* (17), del hadiz de Ibn ʿAbbās (que Dios esté complacido con ambos). La redacción de Muslim: *«En verdad, en ti hay dos cualidades que Dios ama: la indulgencia y la deliberación.»*↩