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Dr. Ahmed Abouseif
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Tafsīr orientado a los fines

Conocer las almas antes de enseñar los textos

Cómo la Revelación enseñó al Profeta ﷺ a leer los corazones antes de transmitirles los textos de la fe

Dr. Ahmed AbouseifJunio de 20268 min de lectura
Conocer las almas antes de enseñar los textos

Cómo la Revelación dio a conocer al Profeta ﷺ los tipos de personas en los albores del período medinense, para que supiera transmitirles bien su religión y edificar una sociedad recta. Por el Dr. Ahmed Muhammad Ali Abouseif, presidente de la American Imams Academy (Academia Americana de Imames).

En los albores de la contienda predicadora que el Profeta ﷺ se disponía a librar —el día en que Dios lo trasladó de una predicación perseguida en La Meca a la edificación de una nación y un Estado en Medina—, llegó el aviso divino acerca de los tipos de personas que habría de encontrar; de modo que lo primero que recibió en su nueva etapa fue un mapa de las almas, no de la tierra. Y acaso en esta anteposición —anteponer el conocimiento de la gente a su encuentro— hay un secreto elocuente: pues el caudillo ante quien se despliega el mapa del campo antes de la batalla entra en ella con clarividencia, y quien ignora su terreno lo libra a ciegas. Así quiso Dios para Su Profeta que conociera las almas primero, antes de darles a conocer los textos de Su religión; pues el conocimiento de los corazones es la llave de la acertada aplicación del texto sobre ellos. Y esta relación entre el conocimiento de los temperamentos y la buena transmisión es el tema de este artículo.

Primero: el fundamento coránico — «Y no enviamos a ningún mensajero sino en la lengua de su pueblo»

El principio sobre el que se asienta toda esta idea es la palabra del Altísimo: ﴿Y no enviamos a ningún mensajero sino en la lengua de su pueblo, para que les explicara con claridad﴾ [Ibrāhīm: 4]; pues Dios hizo de la concordancia con aquellos a quienes se envía una condición del envío mismo, no un añadido sobrepuesto a él. Y los exégetas coinciden en que la finalidad de «la lengua» es la explicación y la comprensión en el idioma que el pueblo conoce y entiende; dijo Ibn Kathīr: es parte de la benevolencia de Dios con Sus criaturas el enviarles mensajeros de entre ellos mismos, con su lengua, para que comprendan de ellos lo que quieren transmitirles(1). Hasta el punto de que los hombres de la daʿwa han deducido expresamente del versículo que conocer la lengua de aquellos a quienes se predica y dirigirse a ellos con lo que entienden es uno de los instrumentos importantes de la predicación.

Mas «la lengua» en el versículo es más amplia que la mera articulación verbal; pues no se limita al léxico del idioma y a su gramática, sino que los rebasa hacia la lengua de los corazones y las almas, hacia lo familiar de la costumbre y la cultura compartida, y hacia las puertas de los temperamentos por las que el pueblo comprende y se conmueve. Pues la lengua hablada es lo exterior del «lisān», y el conocimiento de las almas es su interior; y quien dirige la palabra a un pueblo con su léxico mientras ignora sus temperamentos, no ha pronunciado sino la mitad de su lengua. Conforme a esto, el conocer los tipos de personas queda incluido en la generalidad de «la lengua» que Dios impuso como condición a todo mensajero, y no fuera de ella.

El contexto y el momento

Es cosa firme y verificada entre los expertos en exégesis y en las ciencias del Corán que la sura de la Vaca (al-Baqara) es medinense sin discrepancia, y que es de lo primero que descendió en Medina tras la Hégira, no en el camino hacia ella antes de entrar. Pues no descendió de una sola vez, ni mientras él ﷺ marchaba desde La Meca, sino tras su asentamiento, y descendió de manera fragmentada a lo largo de los años. Sin embargo, sus preámbulos —entre ellos los versículos que clasifican a las personas— fueron de lo primero que descendió en los comienzos del período medinense. Lo correcto, pues, es decir: Dios dio a conocer a Su Profeta los tipos de personas en el umbral de su nueva etapa, cuando se dispuso a edificar la sociedad.

Esta clasificación está declarada en el célebre relato de Muŷāhid: cuatro aleyas del comienzo de la sura tratan de los creyentes, dos aleyas a continuación de los incrédulos, y trece aleyas después de los hipócritas(2). Y repara en esto: el más extenso de los tres pasajes es el de los hipócritas; y ello no es sino porque la hipocresía es la más oculta de las categorías y la más peligrosa, y es un fenómeno medinense que La Meca no conoció, pues la hipocresía solo surge cuando la predicación adquiere una fuerza y un Estado que tientan a las almas débiles a manifestar lo que no llevan dentro.

Y este aviso no fue un lujo de la elocuencia, sino parte de la médula misma de los propósitos de la sura; pues su descenso coincidió con el primer período de la fundación de la sociedad musulmana y de su autonomía en su ciudad, de modo que uno de sus primeros objetivos fue depurar esa sociedad de los elementos corruptores que se infiltran en ella. Y la depuración de la sociedad comienza por conocer sus elementos; pues no se limpia una siembra de su tizón sino tras distinguir lo sembrado del tizón.

Segundo: ¿por qué dar el aviso antes de la contienda?

En anteponer el aviso al encuentro hay una sabiduría profunda que se capta al considerar la naturaleza de la misión. Pues el Profeta ﷺ se aproximaba a una sociedad compleja que no había conocido antes: unos auxiliares (anṣār) creyentes, los judíos de Medina con sus posturas, y unos hipócritas que ocultaban algo distinto de lo que mostraban. De haberse adentrado en esa mezcla sin aviso previo, habría recibido cada rostro por su apariencia, y habría consumido de su tiempo y su esfuerzo lo que consume el hombre cuando descubre los temperamentos por la experiencia dolorosa, uno tras otro.

Mas cuando el aviso precede a la contienda, el predicador (dāʿiya) entra en su campo con las llaves de los corazones en la mano antes de llamar a sus puertas; sabe que al creyente se le habla con la lengua de la certeza y de la edificación, que con el incrédulo obstinado de nada sirve alargar la disputa, y que al hipócrita se le trata con cautela y vigilancia, sin dejar de establecer contra él la prueba manifiesta. Pues el aviso previo le ahorra al predicador años de yerro y de tanteo, y le otorga una clarividencia que lo dispensa de muchos tropiezos.

Además, en el aviso previo hay una misericordia para el propio predicador; pues quien topa con la negación y el abandono sin esperarlo se quiebra y desespera, mientras que quien sabe de antemano que entre la gente hay un incrédulo que se apartará y un hipócrita que lo defraudará, lo recibe con un corazón firme que no vacila, porque ya lo tenía contado. Pues el conocimiento de las categorías de las personas es una fortificación del alma antes que una gestión de la situación.

Tercero: la ganancia del predicador con el conocimiento de los temperamentos

Una vez establecido que el aviso es una merced divina, corresponde al predicador buscar este conocimiento y esforzarse en adquirirlo; pues no todo conocimiento desciende por revelación, sino que la mayor parte se gana con la reflexión, la práctica y la meditación en el Libro de Dios. Y la ganancia del predicador con este conocimiento se manifiesta en varios aspectos:

El primero es la acertada aplicación; pues una misma palabra aprovecha en un lugar y daña en otro, y el predicador que sabe leer el tipo de su interlocutor da a cada dicho el lugar que le corresponde: suaviza donde la suavidad aprovecha, se endurece donde solo la firmeza sirve, y calla donde el silencio es más elocuente que la palabra.

El segundo es el ahorro del esfuerzo; pues la energía predicadora es limitada, y quien la malgasta en aquel de quien no cabe esperar bien, la priva de quien sí se beneficiaría de ella. Y el conocimiento de los temperamentos le indica al predicador dónde poner su esfuerzo, para que no consuma su vida en convencer al obstinado mientras lo aguarda un corazón abierto que no halló quien lo tomara de la mano.

El tercero es la salvación del corazón de la seducción; pues quien ignora los temperamentos de las personas puede dejarse seducir por la apariencia engalanada del hipócrita, o desesperar del interior del creyente que se queda corto; mas quien comprende los tipos pesa a las personas con una balanza justa que ningún brillo lo engaña ni ninguna apariencia lo embauca.

Cuarto: testimonios de la Sīra de que es un deber, no una virtud supererogatoria

El conocimiento de las almas en la predicación no es una puerta de añadidura ni una perfección recomendable, sino un deber del que depende el éxito mismo de la transmisión; y el testimonio más veraz de ello son las situaciones prácticas de la Sīra, que convierten la teoría en prueba.

Muṣʿab y el conocimiento de los señores del pueblo

Cuando el Profeta ﷺ envió a Muṣʿab b. ʿUmayr como primer embajador a Yathrib tras el primer pacto de al-ʿAqaba, su éxito sin parangón no fue fruto solo de su sinceridad y de su buena recitación, sino también de su conocimiento de las almas del pueblo y de sus temperamentos. Pues se hospedaba en casa de Asʿad b. Zurāra, quien le presentaba a los señores de Medina y sus posiciones, y le advertía cuando se acercaba un señor cuyo islam podía arrastrar el islam de su tribu. Así, Muṣʿab se dirigió a los señores y a los jefes de manera estudiada —pues sabía que el islam del señor arrastra a su pueblo—, hasta que abrazaron el islam por su mano Saʿd b. Muʿādh y Usayd b. Ḥuḍayr, ambos señores de su pueblo, y con su islam entró en la fe gente numerosa(3).

De no haber sido por este conocimiento de las almas, su predicación habría seguido siendo un esfuerzo individual y disperso; pero cuando conoció las puertas de la gente y las llaves de sus tribus, llevó el islam a toda Medina en escasos meses, y allanó el camino para la Hégira del Profeta ﷺ hacia una tierra que ya estaba dispuesta a recibirlo. Así, el conocimiento de los temperamentos fue el puente sobre el que la predicación pasó de unos individuos a una sociedad.

El Profeta ﷺ y el conocimiento de los modos de los árabes en el discurso

En cuanto al Profeta ﷺ, era el más conocedor de los hombres de los tipos de los árabes y de sus modos de recibir el discurso; pues si él —lejos de ello— hubiese entrado entre ellos ignorando los senderos de sus almas, habrían rechazado su palabra y la predicación se habría malogrado en sus comienzos, ya que lo habrían atribuido a su escaso conocimiento de ellos. Mas como era conocedor de sus temperamentos, experto en los lugares por donde persuadirlos, el rechazo de los obstinados quedó al descubierto como una afectación artificiosa, y sus pretensiones cayeron por tierra a los ojos del grande y del pequeño por igual.

Y aquí hay un beneficio sutil que supera el mero acierto en el habla: pues el conocedor de las almas no solo acierta en el discurso, sino que desnuda el fingimiento de su adversario y descubre la falsedad de su oposición; porque sabe por dónde se acomete al obstinado, y le cierra las puertas de la treta, de modo que su afectación queda en evidencia ante todas las personas. El conocimiento de los temperamentos es, pues, un arma de doble filo: buena edificación para quien acude, y desenmascaramiento de la astucia de quien da la espalda y se obstina.

Quinto: la pérdida de quien fue privado de esta clarividencia

En contrapartida, el predicador que libra su contienda sin conocimiento de los temperamentos soporta pérdidas cuantiosas. La primera es que trata a todas las personas con un mismo molde, de modo que se dirige al obstinado con la suavidad del creyente, y al creyente con la firmeza del obstinado, y así su efecto resulta invertido; ahuyenta a quien quería ganarse, y envalentona a quien quería disuadir.

La segunda es que se agota en los lugares equivocados; consume su vida discutiendo con aquel cuyo corazón está cerrado, y descuida a quien, de haberle tendido la mano, habría acudido. ¡Cuántos predicadores han consumido años en una batalla perdida con un obstinado, mientras a su alrededor se perdían corazones que aguardaban una sola palabra!

La tercera —y es la más peligrosa— es que se quiebra anímicamente cuando lo golpea lo que no esperaba; carga la deslealtad del hipócrita como si fuera un fracaso suyo, y la obstinación del incrédulo como si fuera una deficiencia de su predicación, y así entra en un torbellino de autorreproche y desesperación. El ignorante de los temperamentos carga sobre sus hombros las faltas de la gente, mientras que el conocedor de ellos pone cada carga donde debe estar.

Sexto: el origen de la psicología en el Corán

Acaso lo más admirable de este capítulo sea que aquello a lo que ha llegado la psicología moderna —la distinción entre tipos de personalidad y la clasificación de los temperamentos— tiene en el Corán un origen anterior y más hondo. Pues la psicología clasifica a las personas según el comportamiento manifiesto y las reacciones; en cambio, el Corán las clasifica según la realidad del corazón y su relación con la verdad, que es la clasificación más profunda sobre la que se asientan todos los comportamientos.

Cuando el Corán describe al hipócrita diciendo que en su corazón hay una enfermedad que Dios le acrecienta, y que oscila entre dos estados, ni con estos ni con aquellos, está describiendo con precisión lo que los modernos llaman la contradicción interna y el desdoblamiento de la personalidad. Y cuando habla del alma que ordena el mal, del alma que se reprocha y del alma sosegada, está dibujando los grados de la madurez psíquica por los que el ser humano va ascendiendo. Y cuando declara la aptitud del ser humano para el bien y para el mal a la vez ﴿y le inspiró su iniquidad y su piedad﴾ [al-Šams: 8], está estableciendo la doble posibilidad sobre la que gira toda la psicología moral.

La diferencia esencial es que la psicología describe pero no cura de raíz, mientras que el Corán describe para curar; pues no clasifica a las personas para encerrarlas en sus tipos, sino para abrir a cada tipo la puerta del cambio y la elevación. El incrédulo puede creer, el hipócrita puede arrepentirse, y el alma que ordena el mal puede sosegarse; la clasificación coránica es un diagnóstico que persigue la sanación, no un veredicto que perpetúa el mal.

Conclusión

Y volvemos a la imagen del comienzo: el caudillo ante quien se despliega el mapa del campo antes de la batalla. Dios quiso para Su Profeta ﷺ, hallándose en el umbral de la edificación de una nación, que entrara en su campo con clarividencia acerca de las almas que habría de tratar; así, le dio a conocer al creyente para edificar con él, al incrédulo para precaverse de él, y al hipócrita para guardarse de su astucia. Y aquello no fue un aviso para su persona ﷺ a solas, sino una norma para todo predicador que viniera después: que busque el conocimiento de los temperamentos antes de llamar a los corazones, y así gane la acertada aplicación, el ahorro del esfuerzo y la salvación del alma, y se libre de las pérdidas del ignorante que trata a las personas con un mismo molde. Pues quien lee el mapa de las almas acierta a caminar por el campo, y quien lo libra sin mapa se extravía aunque su intención sea sincera. Esa es la clarividencia que Dios concedió a Su Profeta al comienzo del camino: que conociera las almas antes de darles a conocer los textos, y la dejó como herencia para todo aquel que cargara después con la encomienda de la palabra.

Nota (1): La palabra del Altísimo «Y no enviamos a ningún mensajero sino en la lengua de su pueblo, para que les explicara con claridad» [Ibrāhīm: 4]. Véase su exégesis en al-Ṭabarī en «Ŷāmiʿ al-Bayān», en Ibn Kathīr en «Tafsīr al-Qurʾān al-ʿAẓīm» y en al-Qurṭubī en «al-Ŷāmiʿ li-Aḥkām al-Qurʾān», así como las palabras de Ibn ʿĀšūr en «al-Taḥrīr wa-l-Tanwīr» acerca de la amplitud del significado de «la lengua».Nota (2): El relato de Muŷāhid sobre la división del comienzo de la sura de la Vaca (cuatro aleyas sobre los creyentes, dos sobre los incrédulos y trece sobre los hipócritas): lo refiere al-Ṭabarī en «Ŷāmiʿ al-Bayān» en la introducción a la exégesis de la sura, y lo señalaron Ibn Kathīr y Sayyid Quṭb en «Fī Ẓilāl al-Qurʾān» al comienzo de la misma.Nota (3): La historia del envío de Muṣʿab b. ʿUmayr como embajador a Yathrib y la conversión de Saʿd b. Muʿādh y Usayd b. Ḥuḍayr por su mano: la registra Ibn Hišām en «al-Sīra al-Nabawiyya», y es uno de los célebres acontecimientos de la Sīra.
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